ella. El ternero irguió las orejas, escuchó un momento y luego corrió hacia la mujer por propia voluntad, y escondió la cabeza entre sus faldas, casi derribándola. Los hombres se alegraron, la mujer se alegró, y también el pequeño
El ahijado continuó, y pensó:
“Ahora veo que el mal engendra mal. Cuanto más intenta la gente alejar el mal, más crece este. El mal, al parecer, no puede ser destruido por el mal; pero de qué manera puede ser destruido, no lo sé. El becerro obedeció a su ama y por eso todo salió bien; pero si no la hubiera obedecido, ¿cómo lo habríamos sacado del campo?”
El ahijado reflexionó de nuevo, pero no llegó a ninguna conclusión, y continuó su camino.