Aunque Vasíli Andréevich tenía bastante calor con sus dos abrigos de pieles, especialmente después de forcejear en el ventisquero, un escalofrío le recorrió la espalda al comprender que de verdad tendría que pasar la noche allí donde estaban.
Para calmarse, se sentó en el trineo, sacó sus cigarrillos y los fósforos.
Mientras tanto, Nikíta desenganchó a Mujórty. Le desató la cincha y la sobrecincha, le quitó las bridas, aflojó la correa del collar y le quitó el arco de los varales, hablándole todo el tiempo para animarlo.
—¡Sal ahora! ¡Sal ahora! —dijo, sacándolo de entre las varas—. Ahora te ataremos aquí y te pondré un poco de paja y te quitaré la brida. Cuando hayas bocado algo te sentirás más alegre.
Pero Mujórty estaba inquieto y, por lo visto, las palabras de Nikíta no lo consolaban. Cambiaba de peso de un pie a otro, se apretaba contra el trineo, dando la espalda al viento, y se frotaba la cabeza contra la manga de Nikíta.
Luego, como para no agraviar a Nikíta rechazando el ofrecimiento de la paja que le había puesto delante, arrancó apresuradamente un mechón del trineo, pero inmediatamente decidió que ahora no era el momento de pensar en paja y lo soltó; el viento lo dispersó al instante, se lo llevó y lo cubrió de nieve.
—Ahora pondremos una señal —dijo Nikíta, y girando la parte delantera del trineo hacia el viento, ató los varales con una correa y los puso enhiestos frente al trineo.