Su hijo estaba a la vez asustado y amargado. La amargura era aún mayor que el miedo. Con la cabeza gacha, se volvió apresuradamente hacia la puerta. Fiódor Mijáilovich no tenía la intención de golpearlo, pero se alegró de dar rienda suelta a su ira y siguió gritando e insultando al muchacho hasta que este cerró la puerta.
Cuando la criada entró para anunciar que la cena estaba lista, Fiódor Mijaílovich se levantó.
“¡Por fin!”, dijo. “Ya no tengo hambre”.
Fue al comedor con malar cara.
A la mesa su esposa hizo un comentario, pero él le dio una respuesta tan cortante y enojada que ella se abstuvo de seguir hablando.
El hijo tampoco levantó los ojos del plato y estuvo callado todo el tiempo.
El trío terminó de cenar en silencio, se levantó de la mesa y se separó, sin decir una palabra.
Después de cenar el muchacho fue a su habitación, sacó el cupón y el cambio del bolsillo, y tiró el dinero sobre la mesa.
Después de eso se quitó el uniforme y se puso una chaqueta.
Se sentó a trabajar y se puso a estudiar la gramática latina en un libro con las hojas dobladas.
Al cabo de un rato se levantó, cerró y pasó el cerrojo de la puerta, guardó el dinero en un cajón, sacó unos papeles de fumar, lió uno, lo rellenó con algodón y se puso a fumar.
Pasó cerca de dos horas sobre sus libros de gramática y redacción sin entender una sola palabra de lo que tenía ante los ojos; luego se levantó y