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nydus/Short FictionPublic
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IV

La joven yegua alazana, como si vagara por casualidad, se acercó a las mismas narices del caballo pío y lo rozó. Él sabía de antemano lo que significaba y no abrió los ojos, pero echó las orejas hacia atrás y mostró los dientes.

La yegua dio media vuelta y fingió que iba a tirarle una coz. Él abrió los ojos y se alejó a otra parte. No tenía ganas de dormir y comenzó a pacer la hierba.

De nuevo la juguetona yegua joven, acompañada de sus cómplices, se acercó al caballo. Una potranca de dos años con una estrella en la frente, muy tonta, siempre haciendo travesuras y siempre dispuesta a imitar a la yegua alazana, trotó junto a ella y, como siempre hacen los imitadores, comenzó a jugar la misma mala pasada que había hecho la instigadora.

La yegua castaña marchaba al paso ordinario, como si estuviera ocupada en sus propios asuntos, y pasó rozando las narices del caballo sin mirarlo, de modo que este en verdad no sabía si enojarse o no; y en eso residía precisamente la gracia del asunto.

Esto era lo que ella hacía; pero la yegua lucera que iba tras sus pasos, sintiéndose muy alegre, golpeó al caballo en el pecho.

Éste volvió a mostrar los dientes, relinchó y, con una rapidez de movimientos inesperada de su parte, se abalanzó sobre la yegua y le mordió el flanco.

La joven yegua lucera tiró una coz con las patas traseras y golpeó con fuerza al viejo caballo en sus costillas delgadas y desnudas.

El viejo caballo emitió un ruido ronco y estuvo a punto de lanzarse de nuevo, pero lo pensó mejor y, dando un profundo suspiro, se alejó.

Debió de ser que todos los caballos jóvenes de la caballada consideraban como una afrenta personal la audacia que el caballo pinto se permitía

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