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nydus/Short FictionPublic
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Fresas

El médico se fue, y el esposo, a solas con su mujer, fue incapaz de calmarla durante mucho tiempo. Ya era de día cuando se quedó dormido.

Temprano aquella mañana, en el pueblo vecino, los muchachos regresaban con los caballos que habían estado paciendo toda la noche. Algunos de ellos llevaban solo aquel en el que montaban; otros conducían además un segundo caballo, mientras que los potros y los añojos corrían libres detrás.

Taráska Resounóf, un muchacho de doce años con un abrigo de piel de oveja, gorra en la cabeza pero descalzo, montado en una yegua pía y llevando un caballo bagual del diestro con una cuerda, se adelantó a todos los demás y trotó cu cuesta arriba hasta el pueblo.

Un potro pío y bien alimentado corría, coceando con las patas (que parecían llevar medias blancas) a diestra y siniestra.

Taráska llegó hasta su choza, ató los caballos a la puerta y entró en el zaguán.

—Hola, vosotros... ¡os habéis quedado dormidos! —gritó a sus hermanas y a su hermano, que dormían sobre unos costales en el pasillo.

Su madre, que también había dormido allí, ya estaba levantada y ordeñando la vaca.

La pequeña Ólga dio un salto, alisándose con ambas manos sus enmarañados cabellos rubios. Pero Fédka, que yacía junto a ella, siguió tumbado con la cabeza escondida en un abrigo de piel de oveja, y solo se frotaba con un tosco talón el bien formado pie infantil que asomaba por debajo del abrigo.

La tarde anterior los niños habían quedado en ir a recoger fresas, y Taráska les había prometido avisar a sus hermanas y a su hermanito en cuanto volviera con los caballos. Había cumplido su promesa.

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