viento se colaba por alguna rendija, y tras yacer inmóvil un breve espacio de tiempo, de nuevo empezó a rememorar el perturbador hecho de que ahora podría estar tumbado tranquilamente en la cálida isba de Gríshkino. Volvió a incorporarse, se dio la vuelta, se embozó y se acomodó una vez más.
Una vez le pareció oír el lejano canto de un gallo. Se sintió contento, se bajó el cuello del abrigo y escuchó con tensa atención, pero a pesar de todos sus esfuerzos no se oía más que el viento silbando entre los varales, el flamear del pañuelo y la nieve azotando el bastidor del trineo.
Nikíta se sentó tal como lo había hecho todo el tiempo, sin moverse y sin responder siquiera a Vasíli Andréevich, que se había dirigido a él un par de veces.
«¡Le importa un bledo; probablemente esté dormido!»
pensó Vasíli Andréevich con irritación, mirando detrás del trineo a Nikíta, que estaba cubierto por una gruesa capa de nieve.
Vasíli Andréevich se levantó y se volvió a acostar unas veinte veces. Le parecía que la noche no iba a acabar nunca.
«Debe de estar amaneciendo», pensó, levantándose y mirando a su alrededor. «Voy a mirar el reloj. Dará frío desabrocharse, pero con solo saber que se acerca la mañana, al menos me animaré más. Podríamos empezar a enganchar».
En el fondo de su corazón, Vasíli Andréevich sabía que aún no podía estar cerca del amanecer, pero sentía cada vez más miedo, y quería a la vez saber la verdad y engañarse a sí mismo.