A la mesa estaban sentados el vicario de Moscú, Madame Byéshev y Skópin. Márya Ivánovna les hablaba del joven conde V⸺, hijo de P⸺ Z⸺, que había regresado de Sebastopol y de quien estaba enamorada. (Siempre tenía alguna pasión). Él iba a cenar con ella ese día.
El vicario se levantó y se despidió. Márya Ivánovna no lo retuvo; en este aspecto era una librepensadora: era piadosa, pero no quería saber nada de monjes y se reía de las damas que andaban tras ellos, afirmando audazmente que, en su opinión, los monjes eran hombres como nosotros, gente pecadora, y que era mejor buscar la salvación en el mundo que en un monasterio.
—Da la orden de no recibir a nadie, querida —dijo—; le escribiré a Pierre. No puedo comprender por qué no viene. Sin duda, Natálya Nikoláevna está enferma.
Márya Ivánovna era de la opinión de que Natálya Nikoláevna no la quería y era su enemiga. No podía perdonarle que no fuera ella, su hermana, quien hubiera renunciado a sus bienes y le hubiera seguido a Siberia, sino Natálya Nikoláevna, y que su hermano hubiera rechazado rotundamente su ofrecimiento cuando ella se disponía a irse con él.
Al cabo de treinta y cinco años empezaba a creer que Natálya Nikoláevna era la mejor mujer del mundo y su ángel de la guarda; pero sentía envidia, y le parecía todo el tiempo que no era una buena mujer.
Se levantó, dio unos pasos por la sala y estuvo a punto de entrar en el gabinete cuando se abrió la puerta y el rostro arrugado y grisáceo de madame Byéshev, que expresaba un terror alegre, se asomó por ella.
—Márya Ivánovna, prepárese —dijo ella—.
“¿Una carta?”