otro viajero se detuvo en el mesón esa noche. A Stepan le asignaron un lugar en la cocina para que pudiera dormir. Matrena —ese era el nombre de la mujer— recogió la mesa y se fue a su habitación. Stepan se fue a echar en el gran horno de la cocina, pero no podía dormir, y las astillas de madera puestas a secar en el horno crujían bajo él, mientras se daba vueltas de un lado a otro. No podía dejar de pensar en la gorda panza de su anfitrión que sobresalía bajo el cinturón de su camisa, la cual había perdido el color de haber sido lavada tantas veces. ¿No sería una buena idea hacerle una buena y limpia incisión en esa panza? Y esa mujer también, pensó.
Un momento se decía a sí mismo: «¡Más me valdría irme de aquí mañana, que los zurren a todos!». Pero luego volvía a acordarse de Iván Mirónov, y seguía pensando en la barriga del posadero y en el blanco cuello de Matrena bañado en sudor. «¡Matar tengo que matar, y tienen que ser los dos!».
Oyó cantar al gallo por segunda vez.
“Debo hacerlo ahora mismo, o el amanecer estará aquí”.
Había visto la noche antes de acostarse un cuchillo y un hacha. Bajó arrastrándose de la estufa, tomó el cuchillo y el hacha, y salió por la puerta de la cocina.
En ese mismo momento oyó que se abría la cerradura de la puerta de entrada. El mesonero iba a salir de la casa hacia el patio. Todo salió al revés de lo que Stepan deseaba. No tuvo oportunidad de usar el cuchillo; simplemente blandió el hacha y le partió la cabeza al mesonero en dos. El hombre cayó en el umbral de la puerta, y luego al suelo.
Stepán entró en el dormitorio. Matrena saltó de la cama y se quedó de pie a su lado. Con la misma hacha, Stepán la mató a ella también.
Luego encendió la vela, sacó el dinero del escritorio y salió de la casa.