Llegaron a Odesa sin novedad, y allí tuvieron que esperar tres días un barco. Muchos peregrinos de muy diversas partes se encontraban en la misma situación. Nuevamente Efim preguntó por Eliseo, pero nadie lo había visto.
Efím se sacó un pasaporte extranjero, que le costó cinco rublos. Pagó cuarenta rublos por un billete de ida y vuelta a Jerusalén, y compró una provisión de pan y arenques para el viaje.
El peregrino comenzó a explicarle a Efím cómo podría subir al barco sin pagar su pasaje; pero Efím no quiso escuchar. —No, vine preparado para pagar, y pagaré —dijo.
El barco fue cargado y los peregrinos subieron a bordo, Efim y su nuevo camarade entre ellos.
Se levantaron las anclas y el barco se hizo a la mar.
Todo el día navegaron con tranquilidad, pero hacia la noche se levantó viento, empezó a llover, y la embarcación se sacudía y embarcaba agua. La gente estaba asustada: las mujeres se lamentaban y gritaban, y algunos de los hombres más débilescorrían por el barco buscando refugio. Efim también estaba asustado, pero no quiso demostrarlo y permaneció en el lugar de la cubierta donde se había instalado al subir a bordo, junto a unos ancianos de Tambov. Allí se sentaron en silencio, toda la noche y todo el día siguiente, aferrados a sus sacos. Al tercer día amainó, y al quinto echaron anclas en Constantinopla. Algunos de los peregrinos bajaron a tierra para visitar la iglesia de Santa Sofía, en manos de los turcos. Efim se quedó en el barco y solo compró un poco de pan blanco. Permanecieron allí veinticuatro horas y luego volvieron a hacerse a la mar.