de nosotros! ¡Señor, ten piedad de nosotros! ¡Señor, ten piedad de nosotros y perdónanos nuestros pecados! Las palabras me fallan, oh Señor, mas Tú sabes lo que hay en mi corazón, porque en él habitas. Y así me quedé dormido. Estaba inquieto como de costumbre, me desperté varias veces y tuve malos sueños. Me parecía estar nadando en el mar y preguntándome cómo era posible que flotara tan alto sobre el agua; por qué el agua no me cubría. El mar era de un hermoso verde, y algunas personas parecían estorbarme en el
Quería salir del agua, pero no podía, porque varias mujeres estaban de pie en la orilla y yo estaba desnudo. Interpreté el sueño en el sentido de que el poder de la carne era fuerte en mí, interponiéndose en mi camino, pero la liberación estaba cerca.
Me levanté antes del alba, hice chispa con un pedernal, pero no pude encender la yesca durante un buen rato, tras lo cual, poniéndome mi bata de piel de alce, salí al aire fresco. El fulgor anaranjado y rosáceo del sol naciente se veía detrás de los pinos y alerces cubiertos de nieve.
Acarreé la leña que había cortado ayer, encendí mi estufa y comencé a cortar un poco más. Se fue haciendo más de día. Desayuné bizcotes remojados, cerré el tiro de la estufa en cuanto los leños estuvieron al rojo vivo y me senté a escribir.
Comienzo de nuevo. Nací el 10 de diciembre de 1777, y me pusieron por nombre Alejandro por deseo de mi abuela, con la esperanza, según me dijo más tarde, de que llegara a ser tan grande como Alejandro de Macedonia y tan santo como Alejandro Nevski. Fui bautizado una semana después de mi nacimiento en la gran iglesia del palacio. Me llevó a la iglesia la duquesa de Curlandia sobre un cojín de