sombrero, como si todo el asunto no fuera con él, aunque era precisamente sobre él que los gavilanes querían abalanzarse.
—¡Vaya, mi abuelo era soldado —dijo uno—, y de la misma manera podría negarme yo a echar suertes!… No hay tal ley, amigo. En el último reclutamiento, a Mijéyevitch lo alistaron, y su tío ni siquiera había regresado del servicio entonces.
“Ni tu padre ni ningún tío tuyo han servido al Zar —decía Dútlof al mismo tiempo—. ¡Vaya, si ni siquiera has servido a la terrateniente ni a la Comuna, sino que te pasas el tiempo entero en la taberna! ¡Tus hijos se han separado de ti porque es imposible vivir contigo, y así vas proponiendo a los hijos de los demás para reclutas! Y yo he cumplido con el servicio de policía durante diez años y he sido sacristán. Dos veces he sufrido incendios, y nadie me ayudó con eso; y ahora, ¿porque las cosas van pacífica y honradamente en mi hacienda, voy a arruinarme? … ¡Devuélveme a mi hermano, entonces! Me atrevo a decir que ha muerto en el servicio. … Juzgad con rectitud, según la voluntad de Dios, Comuna cristiana, y no escuchéis las babas de un borracho”.