Y los soldados también le escarnecieron, acercándose y ofreciéndole vinagre, y diciendo: ‘Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo.’ Y había también un títuto escrito sobre él con letras griegas, y latinas, y hebreas: ‘Este es el Rey de los judíos.’ Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: ‘Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.’ Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ‘¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Y nosotros, a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas este no hizo ningún mal.’ Y dijo a Jesús: ‘Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.’ Entonces Jesús le dijo: ‘De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.’ ”
Stepán no dijo nada, y se quedó sentado pensativo, como si estuviera escuchando.
Ahora sabía cuál era la verdadera fe. Solo se salvarán aquellos que hayan dado de comer y de beber a los pobres y hayan visitado a los presos; los que no lo hayan hecho, irán al infierno. Y, sin embargo, el malhechor se había arrepentido en la cruz y, no obstante, fue al paraíso. Esto no le pareció contradictorio. Todo lo contrario. Lo uno confirmaba lo otro: el hecho de que los misericordiosos vayan al cielo y los in misericordia al infierno significaba que todo el mundo debía ser misericordioso, y que Cristo perdonara al malhechor significaba que Cristo era misericordioso.