“¡Ay! ¡Dios se ha olvidado de mí! No se lleva mi alma. ¡Si el Señor no se la lleva, por sí sola no puede irse! ¡Ay! … ¡ay! ¡Debe de ser por mis pecados! … No tengo nada con qué refrescarme la garganta. … Si tan solo tuviera una gota de té para beber antes de morir. … ¡Ay! …
El doctor entró en la choza, y yo me despedí y salí a la calle.
Subimos al trineo y fuimos a un pequeño pueblo vecino para ver al último paciente del médico, que lo había mandado llamar el día anterior. Entramos juntos en la choza.
La habitación era pequeña, pero limpia; en medio de ella pendía una cuna del techo, y una mujer se hallaba de pie meciéndola con