Pero el hijo solo murmuró unas palabras y volvió a dormirse.
Apenas se hubo dormido, cuando algo tronó y retumbó en la calle. De un salto se levantó el hijo y, poniéndose rápidamente la ropa, salió corriendo a la calle.
También de un salto se levantó Emelyán, y corrió tras él para ver qué era aquello a lo que un hijo obedecía más que a padre o madre. Lo que vio fue a un hombre que caminaba por la calle llevando, atada al vientre, una cosa a la que golpeaba con palos, y que era eso lo que retumbaba y tronaba de tal manera, y a lo que el hijo había obedecido.
Emelyán se acercó corriendo y la miró. Vio que era redonda, como una tinita, con una piel estirada en ambos extremos, y preguntó cómo se llamaba.
Le dijeron: “Un tambor”.
“¿Y está vacío?”
“Sí, está vacío.”
Emelyán se sorprendió. Les pidió que le dieran el objeto, pero no quisieron. Así que Emelyán dejó de insistir y siguió al tamborilero. Todo el día lo siguió, y cuando por fin el tamborilero se acostó a dormir, Emelyán le arrebató el tambor y huyó con él.
Él corrió y corrió, hasta que por fin regresó a su propio pueblo. Fue a ver a su mujer, pero ella no estaba en casa. El día después de que él se marchara, el Rey se la había llevado. Así que Emelyán fue al palacio y mandó un recado al Rey:
“Ha regresado aquel que fue al «allá, no sé dónde», y trae consigo «eso, no sé qué»”.
Se lo dijeron al Rey, y el Rey dijo que volviera al día siguiente.