Pero de repente, en medio de todo, el dolor en su costado, haciendo caso omiso de la fase a la que había llegado en la dirección del caso, comenzaba su labor. Acaparaba la atención de Iván Ilich. Apartaba el pensamiento de aquello, pero eso seguía haciendo su labor, y entonces Ello venía y se plantaba frente a él y lo miraba, y él sentía que se quedaba de piedra, y la luz se apagaba en sus ojos, y empezaba a preguntarse de nuevo: «¿Es posible que Ello sea la única verdad?». Y sus colegas y sus subordinados veían con sorpresa y angustia que él, el juez brillante y sutil, estaba perdiendo el hilo de su discurso, estaba cometiendo errores. Se sacudía, intentaba recuperar el autocontrol y llegaba como podía al final de la sesión, y se iba a casa con la dolorosa sensación de que sus labores judiciales no podían, como antaño, ocultarle lo que quería ocultar; de que no podía por medio de su trabajo oficial escapar de Ello. Y lo peor de todo era que Ello lo atraía hacia sí no para que hiciera nada en particular, sino simplemente para que lo mirara directamente a la cara, para mirarlo y, sin hacer nada, sufrir indeciblemente.
Y para salvarse de esto, Iván Ilich buscaba distracciones, otras pantallas, y estas pantallas las encontraba, y por un momento parecía que de verdad lo salvaban; pero pronto, de nuevo, más que romperse, dejaban pasar la luz, como si Ello lo atravesara todo y no hubiera nada capaz de ocultarlo.
A veces durante aquellos días iba al salón que había amueblado, aquel salón donde había caído, para el cual—¡qué amargamente ridículo le resultaba pensar en ello!—para cuya decoración había sacrificado su vida, pues sabía que había sido aquel golpe lo que había desencadenado su enfermedad. Entraba y veía que la mesa lustrada había sido rayada con algo. Buscó la causa y la halló en los broches de bronce del álbum, que se habían torcido hacia un lado. Cogió el álbum, uno muy costoso que él mismo había preparado con amoroso cuidado, y se sintió disgustado por