—No eres solo el zar —dijo la voz—, sino más. Eres un ser humano que apenas ayer vino a este mundo y tal vez mañana parta de él.
Aparte de tus deberes como zar, de los que ese viejo está hablando ahora, tienes deberes más inmediatos que no deben desatenderse de ningún modo; deberes humanos, no los deberes de un zar hacia sus súbditos, que son meramente accidentales, sino un deber eterno, el deber de un hombre en su relación con Dios, el deber hacia tu propia alma, que consiste en salvarla y también en servir a Dios al establecer su reino en la tierra.
No debes guiarte en tus acciones ni por lo que ha sido ni por lo que será, sino únicamente por aquello que es tu propio deber hacer.
Abrió los ojos—su esposa lo estaba despertando. Cuál de los tres caminos eligió el joven zar, se contará en cincuenta años.