maten!». Ante estas palabras reavivó todo el rencor anterior de Iván hacia su vecino. Se quedó escuchando mientras Gabriel reñía y, cuando este se calló, Iván entró en la
Había luz adentro; su nuera estaba sentada hilando, su mujer preparaba la cena, su hijo mayor hacía correas para los zapatos de corteza, el segundo estaba sentado cerca de la mesa con un libro, y Tarás se alistaba para salir a pastorear los caballos durante la noche.
Todo en la choza habría sido agradable y luminoso, de no ser por esa plaga: ¡un mal vecino!
Iván entró, hosco y de mal humor; arrojó al gato del banco y regañó a las mujeres por poner el cubo de los desperdicios en el lugar equivocado. Se sentía abatido y se sentó, frunciendo el ceño, a remendar lalerca del caballo. Las palabras de Gabriel le zumbaban en los oídos: su amenaza en el tribunal y lo que acababa de gritar con voz ronca acerca de alguien que «solo sirve para que lo maten».
Su mujer le dio de cenar a Tarás, y, habiendo terminado, Tarás se puso un viejo abrigo de piel de oveja y otro gabán, se ató una faja a la cintura, cogió algo de pan y salió hacia donde estaban los caballos.
Su hermano mayor iba a despedirlo, pero el propio Iván se levantó en su lugar y salió al porche. Afuera ya había oscurecido por completo, se habían amontonado nubes y se había levantado viento.
Iván bajó los escalones, ayudó a su muchacho a montar, hizo que el potro fuera tras él y se quedó escuchando mientras Tarás bajaba al galope por el pueblo y allí se le unían otros muchachos con sus caballos. Iván esperó hasta que todos quedaron fuera de su alcance.
Mientras estaba allí de pie junto a la puerta, no lograba sacarse de la cabeza las palabras de Gabriel:
«¡Cuida que algo tuyo no arda peor!».