teniente Strélsky o de Alfredo, cuando dice: «Te amo, Eleonora», y espera que ocurra algo maravilloso de inmediato, sin que se produzca ningún cambio en ninguno de los dos; sus ojos, sus narices y su ser entero siguen exactamente igual que antes”.
Ya entonces había sentido que aquella broma enmascaraba algo serio que se refería a mí. Pero Kátya se resentía por su trato irrespetuoso hacia los héroes de las novelas.
—Nunca hablas en serio —dijo ella—; pero dime con sinceridad, ¿nunca le has dicho tú mismo a una mujer que la amabas?
—Nunca, y jamás me he arrodillado —respondió riendo—; y jamás lo haré.
Esta conversación me vino a la memoria y reflexioné que no había necesidad de que me dijera que me amaba.
«Sé que me ama», pensé, «y todos sus esfuerzos por parecer indiferente no cambiarán mi opinión».
Me habló poco durante toda la velada, pero en cada palabra que le dirigía a Kátya y a Sónya y en cada mirada y movimiento suyos veía amor y no albergaba ninguna duda de ello.
Solo me molestaba y me daba pena que sintiera la necesidad de seguir ocultando sus sentimientos y fingiendo frialdad, cuando todo estaba tan claro y cuando habría sido tan sencillo y fácil ser inmensamente feliz.
Pero mi salto hacia él en el huerto me pesaba como un crimen. No dejaba de sentir que dejaría de respetarme y que estaba enojado conmigo.
Después del té fui al piano, y él me siguió.
—Tócame algo; hace mucho que no te oigo —dijo, alcanzándome en el salón.