almacenes. Y, a propósito, hace tiempo que vengo pensando en darte dinero para comprarte una chaqueta nueva —añadió Eugenio Mijáilovich, y le dio al hombre cinco rublos. Vassily, mirando con agrado primero el billete de cinco rublos y luego el rostro de Eugenio Mijáilovich, meneó la cabeza y sonrió.
“Ya sé, esa gente campesina no tiene cerebro. Ignorancia, por supuesto. No se inquiete usted. Yo sé lo que tengo que decir”.
Iván Mirónov, con lágrimas en los ojos, le suplicaba una y otra vez a Eugenio Mijáilovich que reconociera el cupón que le había entregado, y al portero que creyera lo que decía, pero resultó completamente inútil; ambos insistían en que nunca le habían comprado leña a ningún campesino en la calle. El policía llevó a Iván Mirónov de vuelta a la comisaría, y fue acusado de falsificar el cupón. Solo tras seguir el consejo de un escribiente borracho que estaba en su misma celda, y sobornar al oficial de policía con cinco rublos, logró Iván Mirónov