“No le dirigí la palabra en todo el día; no pude. Su proximidad despertaba en mí tal odio hacia ella que temía a mí mismo.
A la hora de cenar, en presencia de los niños, me preguntó cuándo me iba. Tenía que marcharme la semana próxima a las asambleas distritales del Zemstvo. Le dije la fecha. Me preguntó si no necesitaba algo para el viaje. No respondí, me quedé callado a la mesa y luego me fui en silencio a mi estudio.
Últimamente ella nunca solía entrar en mi habitación, y menos a esa hora del día. Estaba acostado en mi estudio lleno de ira. De repente oí su paso familiar y la idea terrible y monstruosa cruzó por mi cabeza de que ella, como la mujer de Urías, deseaba encubrir el pecado que ya había cometido y que por eso venía a mí en un momento tan inusual.
«¿Será posible que venga a mí?», pensé, escuchando sus pasos que se acercaban. «Si viene aquí, tengo razón», y un odio indecible hacia ella se apoderó de mí.
Más y más cerca sonaban los pasos. ¿Es posible que no siga de largo hacia el salón de baile? No, la puerta cruje y en el umbral aparece su alta y bella figura, en su rostro y en sus ojos una mirada tímida y suplicante que intenta ocultar, pero que yo veo y cuyo significado conozco. Casi me ahogo, tanto tiempo aguanté la respiración, y sin dejar de mirarla agarré mi cigarrera y me puse a fumar.
—«Pues, ¿cómo puedes? Uno viene a sentarse un poco contigo, y te pones a fumar»—y se sentó muy cerca de mí en el sofá, recostándose contra mí. Me aparté para no tocarla.
“ —Veo que no le gusta que quiera tocar el domingo —dijo ella—.