abrigo nuevo. Mandó a comprarlas, pero los mensajeros regresaron y dijeron: «No quedan martas. El mercader tiene todas las pieles. Pagó el mejor precio y con ellas hizo alfombras».
El rey Tarás quiso comprar unos sementales. Los mandó a comprar, pero los mensajeros regresaron diciendo: «El mercader tiene todos los buenos sementales; están acarreando agua para llenar su estanque».
Todos los asuntos del Rey se detuvieron por completo. Nadie quería trabajar para él, pues todos estaban ocupados trabajando para el mercader; y solo le llevaban al rey Tarás el dinero del mercader para pagar sus impuestos.
Y el Rey reunió tanto dinero que no tenía dónde guardarlo, y su vida se volvió desdichada. Dejó de hacer planes, y se habría conformado con el simple hecho de vivir, pero apenas era capaz ni de eso. Se quedó sin nada. Uno tras otro, sus cocineros, cocheros y sirvientes lo abandonaron para irse con el mercader. Pronto le faltó hasta la comida. Cuando enviaba al mercado a comprar algo, no había nada que conseguir: el mercader lo había comprado todo, y la gente solo le llevaba al Rey dinero para pagar sus impuestos.
El rey Tarás se enojó y desterró al comerciante del país. Pero el comerciante se instaló justo al otro lado de la frontera y siguió como antes. Por el dinero del comerciante, la gente le llevaba todo a él en vez de al Rey.
Las cosas le fueron mal al rey Tarás. Durante días enteros no tenía qué comer, ¡y hasta empezó a correr el rumor de que el mercader se jactaba de que compraría al propio rey! El rey Tarás se asustó y no sabía qué hacer.
En ese momento se le acercó Simón el Soldado y le dijo: «Ayúdame, porque el rey de la India me ha vencido».
Pero el mismo rey Tarás estaba hasta las cejas de dificultades.