—¡Pídele perdón a la abuelita! —dijo él—. Y que no vuelva a suceder. Vi que cogiste la manzana.
El muchacho comenzó a llorar y a pedir perdón.
—Así es. Y ahora toma una manzana —y Martín sacó una manzana de la cesta y se la dio al muchacho, diciendo—: Te la pagaré, abuela.
—Así los vas a malcriar, los jóvenes granujas —dijo la anciana—. Deberían azotarlo para que se acordara durante una semana.
—Oh, abuelita, abuelita —dijo Martín—, ese es nuestro camino, pero no es el camino de Dios. Si a él debieran azotarlo por robar una manzana, ¿qué no se nos debería hacer a nosotros por nuestros pecados?
La anciana guardó silencio.
Y Martín le contó la parábola del señor que le perdonó a su sirviente una gran deuda, y de cómo el sirviente salió y agarró a su deudor por el cuello.
La anciana escuchó todo, y el muchacho también se quedó de pie escuchando.
—Dios nos manda que perdonemos —dijo Martín—, o de lo contrario no seremos perdonados. Perdona a todos; y a un muchacho inconsiderado, más que a nadie.
La anciana negó con la cabeza y suspiró.
—Es muy verdad —dijo ella—, pero se están malcriando muchísimo.
—Entonces nosotros los viejos debemos mostrarles mejores caminos —respondió Martín.
—Eso mismo digo yo —dijo la anciana—. Yo misma he tenido siete, y solo me queda una hija.