El viejo Diablo tuvo que rendirse. No pudo vencer a Iván con soldados. Así que se convirtió en un apuesto caballero y se estableció en el reino de Iván. Su intención era vencerlo por medio del dinero, como había vencido a Tarás el Forzudo.
«Quiero —dice—, hacerles un favor, enseñarles el sentido común y la razón. Les construiré una casa entre ustedes y organizaré un comercio».
—Está bien —dijo Iván—, vente a vivir entre nosotros si quieres.
A la mañana siguiente, el elegante caballero salió a la plaza pública con un gran saco de oro y una hoja de papel, y dijo: «Todos ustedes viven como cerdos. Deseo enseñarles a vivir como es debido. Constrúyanme una casa según este plano. Ustedes trabajarán, yo les diré cómo, y les pagaré con monedas de oro». Y les mostró el oro.
Los necios se quedaron asombrados; no había dinero en uso entre ellos; trocaban sus bienes y se pagaban unos a otros con trabajo. Miraron las monedas de oro con sorpresa.
—¡Quécositas más monas son! —dijeron.
Y empezaron a cambiar sus mercancías y su trabajo por las monedas de oro del caballero.
Y el viejo Diablo comenzó, como en el reino de Tarás, a prodigar su oro, y la gente empezó a cambiarlo todo por oro y a hacer toda clase de trabajos por él.
El viejo Diablo estaba encantado y pensó para sus adentros: «Las cosas van bien esta vez. Ahora arruinaré al Tonto como hice con Tarás, y lo compraré en cuerpo y alma».