vuelta al secretario, y la sentencia podría al menos retrasarse, si no conmutarse.
“¿Lo llamo de nuevo, o no lo llamo?”
Su corazón latía de manera más irregular. Llamó; y el correo entró con pasos rápidos y nerviosos.
—¿Se ha ido Iván Matvéitch?
—No, su Excelencia; está en el despacho.
El corazón del general unas veces se detenía y otras latía con rapidez. Recordaba las advertencias del médico que lo había examinado pocos días antes.
“Sobre todo —había dicho el médico—, si empieza a sentir que tiene corazón, deje de trabajar; distraiga su mente. No hay nada tan malo como la agitación. Por ningún motivo se permita estar agitado”.
—¿Lo llamo, Excelencia?
—No, no es necesario —respondió el general.
—Sí —se dijo a sí mismo—, nada agita tanto como la indecisión. Está firmado y concluido... “Ein jeder macht sich sein Bett und muss d’rauf schlafen” —repitió su refrán favorito.
—Además, no es asunto mío. Yo solo cumplo la Suprema Voluntad y debo estar por encima de esa clase de consideraciones —añadió, frunciendo el ceño para despertar en sí mismo la crueldad que no le era natural.
Y aquí recordó su última entrevista con el zar: cómo este le había clavado su fría mirada glacial y le había dicho: «¡Confío en usted! Así como en la