En San Petersburgo, en la década de 1840, ocurrió un acontecimiento sorprendente.
Un oficial de los Guardias de Coraceros de la Guardia Imperial, un apuesto príncipe de quien todos pronosticaban que llegaría a ser edecán del emperador Nicolás I y tendría una brillante carrera, abandonó el servicio, rompió su compromiso con una hermosa dama de honor, favorita de la emperatriz, regaló su pequeño patrimonio a su hermana y se retiró a un monasterio para hacerse monje.
Este acontecimiento pareció extraordinario e inexplicable a quienes no conocían sus móviles íntimos, pero para el propio príncipe Stepán Kasátsky todo ocurrió de un modo tan natural que no podía imaginar cómo habría podido actuar de otra manera.
Su padre, un coronel retirado de la Guardia, había muerto cuando Stepán tenía doce años, y por mucho que le doliera a su madre separarse de su hijo, lo matriculó en el Colegio Militar tal como su difunto esposo lo había deseado.
La viuda misma, con su hija Varvára, se mudó a Petersburgo para estar cerca de su hijo y tenerlo con ella durante las fiestas.
El muchacho se distinguía tanto por su brillante capacidad como por su inmensa autoestima. Era el primero tanto en sus estudios —especialmente en matemáticas, que le entusiasmaban particularmente— como también en la instrucción militar y en la equitación. Aunque era más alto que la media, era apuesto y ágil, y habría sido un cadete de lo más ejemplar de no ser por su carácter irascible. Era notablemente veraz, y no era ni libertino ni dado a la bebida. Los únicos defectos que