contaba todo sobre su vida: cómo había perdido a sus padres; cómo su tía la había acogido y le había conseguido un puesto en el pueblo; cómo el hijo del comerciante había intentado propasarse con ella y cómo lo había rechazado. A ella le gustaba hablar, y a Alyosha le gustaba escucharla. Había oído que los campesinos que venían a trabajar a los pueblos solían casarse con criadas. En una ocasión le preguntó si sus padres pensaban casarlo pronto. Él respondió que no lo sabía; que no quería casarse con ninguna de las muchachas del pueblo.
—¿Te has enamorado de alguien, entonces?
“Me casaría contigo, si estuvieras dispuesta”.
—Andarie, Alyosha el Ollas; ¡vaya que has soltado la lengua!, ¿no? —exclamó ella, dándole una palmada en la espalda con una toalla que tenía en la mano.
—¿Por qué no habría de hacerlo?