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nydus/Short FictionPublic
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Aliosha el puchero

Las viejas botas de su hermano no tardaron en romperse, y su amo lo regañó por andar hecho garras con los dedos de los pies asomando.

Le mandó a comprar otro par en el mercado.

A Alyosha le encantaron sus nuevas botas, pero se enojaba con sus pies cuando le dolían al final del día después de tanto correr de un lado para otro. Y luego temía que su padre se enojara cuando fuera a la ciudad por su salario, al descubrir que su amo le había descontado el costo de las botas.

En invierno, Alyosha solía levantarse antes del amanecer. Cortaba la leña, barría el patio, alimentaba a las vacas y a los caballos, encendía las estufas, limpiaba las botas, preparaba los samovares y luego los abrillantaba; o el dependiente le encargaba acarrear la mercancía; o la cocinera lo ponía a amasar el pan y a fregar las cacerolas.

Luego lo mandaban al pueblo a hacer varios recados, a buscar a la hija a la escuela o a comprar un poco de aceite de oliva para la anciana madre.

«¿Por qué diablos has tardado tanto?», le decía primero uno y luego otro.

¿Por qué iban a ir ellos? Puede ir Alyosha.

  • «¡Alyosha! ¡Alyosha!»

Y Alyosha corría de aquí para allá. Desayunaba a hurtadillas mientras trabajaba, y rara vez lograba almorzar a la hora adecuada. La cocinera solía regañarlo por llegar tarde, pero le tenía compasión a pesar de todo, y siempre le guardaba algo caliente para el almuerzo y la cena.

En los días de fiesta había más trabajo que nunca, pero a Alyosha le gustaban los días de fiesta porque todos le daban propina. No era mucho, desde luego, pero llegaba a sumar unos sesenta kopeks: su dinero propio

1993