vestíbulo. Allí vio a dos hombres: a Simón y, junto a él, a un hombre sin sombrero y con botas de fieltro.
Matryóna advirtió enseguida que su marido olía a aguardiente.
«¡Vaya!, ya ha estado bebiendo», pensó ella.
Y al ver que no llevaba abrigo, que solo tenía puesta su chaqueta, que no traía ningún paquete, que se quedaba allí callado y que parecía avergonzado, el corazón estuvo a punto de rompérsele de desilusión.
«Se ha gastado el dinero en bebida —pensó ella— y se ha ido de juerga con algún parásito de tres al cuarto al que se ha traído a casa».
Matryóna les dejó pasar a la choza, entró tras ellos y vio que el forastero era un hombre joven y delgado, que llevaba el abrigo de su marido. No se le veía camisa debajo y no llevaba sombrero. Al entrar, se quedó sin moverse ni levantar los ojos, y Matryóna pensó: «Debe de ser un mal hombre; tiene miedo».
Matryóna frunció el ceño y se quedó de pie junto al horno mirando a ver qué hacían.
Simón se quitó la gorra y se sentó en el banco como si todo estuviera bien.
«Ven, Matriona; si la cena está lista, vamos a comer».
Matryóna musitó algo para sus adentros y no se movió, sino que se quedó donde estaba, junto al horno. Miró primero al uno y luego al otro, y se limitó a negar con la cabeza. Simón vio que su mujer estaba disgustada, pero intentó disimularlo. Fingiendo no notar nada, cogió al desconocido del brazo.
—Siéntate, amigo —dijo—, y cenemos algo.