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nydus/Short FictionPublic
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Efím seguía mirando hacia afuera para no perder de vista a Eliseo. Pero cuando terminó la misa, la multitud comenzó a agitarse, empujando hacia adelante para besar la tumba, y apartó a Efím. Nuevamente lo asaltó el temor de que le robaran la bolsa. Oprimiéndola con la mano, comenzó a abrirse paso a codazos entre la gente, con el único deseo de salir.

Cuando llegó al exterior, anduvo buscando a Eliseo durante mucho rato, tanto afuera como en el interior de la propia iglesia. En las celdas del templo vio a mucha gente de todo tipo, comiendo, bebiendo vino, leyendo y durmiendo allí. Pero a Eliseo no se le veía por ninguna parte.

Así que Efím regresó a la posada sin haber encontrado a su compañero. Aquella tarde, el peregrino del casquete no apareció. Se había marchado sin devolver el rublo, y Efím se quedó solo.

Al día siguiente, Efím fue de nuevo al Santo Sepulcro, con un viejo de Tambóf a quien había conocido en el barco. Intentó llegar adelante, pero volvió a ser rechazado; así que se quedó junto a una columna y rezó.

Miró hacia adelante, y allí, en el primer lugar bajo las lámparas, cerca del mismo Sepulcro del Señor, estaba Eliseo, con los brazos abiertos como un sacerdote en el altar, y con la cabeza calva toda brillante.

—Bien, ahora —pensó Efim—, ¡no lo perderé!

Él avanzó a empujones hacia el frente, pero cuando llegó allí, no había ningún Eliseo: evidentemente se había marchado.

Nuevamente al tercer día Efím miró, y vio en el Sepulcro, en el lugar santísimo, a Eliseo de pie a la vista de todos, con los brazos extendidos y los ojos fijos en lo alto como si viera algo allá arriba. Y su calva resplandecía por completo.

“¡Bueno, esta vez —pensó Efim— no se me escapará! ¡Iré a pararme a la puerta, así no podremos dejar de vernos!”

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