—Toma —dijo—, algunas hojas de este roble y frótalas en tus manos, y el oro caerá al suelo.
Iván tomó unas hojas y las frotó, y el oro brotó de sus manos.
—Esto servirá muy bien —dijo—, para que los muchachos jueguen en sus días libres.
—Déjame ir ahora —dijo el diablillo.
—Está bien —dijo Iván, y tomando una palanca puso al diablillo en libertad—. ¡Y ahora vete! Y que Dios te acompañe —dice él.
Y en cuanto mencionó a Dios, el diablillo se precipitó en la tierra, como una piedra en el agua. Solo quedó un agujero.