“Como hija ya no existe para mí. ¿No lo entiendes? Simplemente no existe. Aun así, de ningún modo puedo abandonarla a la caridad de los extraños. Haré los arreglos necesarios para que viva como le plazca, pero no deseo saber nada de ella. Quién lo hubiera pensado... qué horror, qué horror”.
Se encogió de hombros, negó con la cabeza y levantó los ojos.
Estas palabras fueron pronunciadas por el príncipe Mijaíl Ivánovich a su hermano Piotr, quien era gobernador de una provincia en el centro de Rusia. El príncipe Piotr era un hombre de cincuenta años, diez años menor que Mijaíl.
Al descubrir que su hija, que se habida ido de su casa un año antes, se había instalado allí con su hijo, el hermano mayor había venido desde San Petersburgo a la ciudad de provincia donde tuvo lugar la conversación anterior.
El príncipe Miguel Ivánovich era un hombre alto, apuesto, de cabellos blancos y tez sonrosada, de aspecto y porte orgulloso y atractivo. Su familia constaba de una esposa vulgar e irritable, que disputaba continuamente con él por cualquier detalle insignificante; un hijo, bala perdida, derrochador y libertino —pero un «caballero», según el código de su padre—, dos hijas, de las cuales la mayor se había casado bien y vivía en San Petersburgo; y la menor, Lisa —su favorita—, que había desaparecido de casa un año antes. Hace solo poco tiempo la había encontrado con su hijo en aquella ciudad de provincia.
El príncipe Pedro quería preguntarle a su hermano cómo, y bajo qué circunstancias, Lisa se había marchado de casa, y quién podía ser el padre de su hijo. Pero no se decidía a indagar.