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nydus/Short FictionPublic
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III

Sólo aquellos que experimentaron lo que los polacos soportaron tras la partición de Polonia y la subyugación de una parte de ella por los odiados alemanes, y de otra por los aún más odiados rusos, pueden comprender el deleite que los polacos sintieron en 1830 y 1831 cuando, tras sus anteriores infructuosos intentos de recuperar la independencia, su logro parecía de nuevo al alcance de la mano.

Pero estas esperanzas no duraron mucho. Las fuerzas eran demasiado desiguales; y una vez más la revolución fue aplastada.

Nuevamente decenas de miles de rusos ciegamente sumisos fueron conducidos a Polonia. Bajo el liderazgo primero de Diebitsch y luego de Paskévitch —bajo el mando supremo de Nicolás I— estos rusos, sin saber por qué, empaparon la tierra con su propia sangre y con la de sus hermanos los polacos, a quienes aplastaron y volvieron a poner bajo el poder de hombres débiles e insignificantes a quienes no les importaba ni la libertad ni la subyugación de Polonia, sino que sólo buscaban satisfacer su propia avaricia y su infantil vanidad.

Varsovia fue tomada y los destacamentos polacos aislados fueron derrotados. Cientos y miles de hombres fueron fusilados, muertos a latigazos o exiliados.

Entre estos últimos se encontraba el joven Miguórski. Su hacienda fue confiscada y él mismo fue enviado como soldado raso a un regimiento de línea, a Uralsk.

Los Jaczéwski pasaron el invierno de 1832 en Vilna debido a la salud del anciano, pues después de 1831 comenzó a sufrir de una enfermedad cardíaca.

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