Pahóm preguntó cómo llegar al lugar, y tan pronto como el comerciante lo dejó, se dispuso a ir allí él mismo. Dejó a su esposa al cuidado de la granja y emprendió el viaje llevando a su criado con él. Se detuvieron en un pueblo en su camino y compraron una caja de té, algo de vino y otros regalos, tal como el comerciante les había aconsejado.
Anduvieron y anduvieron hasta haber recorrido más de trescientas millas, y al séptimo día llegaron a un lugar donde los baskires habían plantado sus tiendas. Era todo exactamente tal como el comerciante lo había dicho.
La gente vivía en las estepas, junto a un río, en tiendas cubiertas de fieltro. Ni labraban la tierra ni comían pan. Su ganado y sus caballos pacían en manadas por la estepa. Los potrillos estaban atados detrás de las tiendas, y las yeguas eran conducidas hacia ellos dos veces al día. Las yeguas eran ordeñadas, y con la leche se hacía kumis. Eran las mujeres quienes preparaban el kumis, y también hacían queso.
En cuanto a los hombres, beber kumis y té, comer cordero y tocar la flauta era lo único que les importaba. Eran todos robustos y alegres, y durante todo el verano jamás pensaban en hacer ningún trabajo. Eran bastante ignorantes y no sabían ruso, pero eran bastante bienintencionados.
Tan pronto como vieron a Pahóm, salieron de sus tiendas y se congregaron alrededor del visitante. Consiguieron un intérprete, y Pahóm les dijo que había ido por cuestión de tierra. Los baskires parecieron muy contentos; tomaron a Pahóm y lo condujeron a una de las mejores tiendas, donde lo hicieron sentarse sobre