prestado atención. Le había parecido algo perfectamente natural, como si se compadeciera de sí mismo. Pero ahí estaba Ustinia, una completa desconocida, sintiendo lástima por él. Le guardaba un poco de gachas calientes y se quedaba mirándolo, con la barbilla apoyada en el brazo desnudo y la manga arremangada, mientras él se las comía. Cuando él la miraba, ella rompía a reír, y él se reía también.
Era esto algo tan nuevo y extraño para él que asustaba a Aliosha. Temía que pudiera interferir con su trabajo. Pero se sentía complacido, no obstante, y cuando miraba los pantalones que Ustinia le había remendado, negaba con la cabeza y sonreía. A menudo pensaba en ella mientras trabajaba o cuando iba de mandados.
«¡Una muchacha excelente, Ustinia!», exclamaba a veces.
Ustinia solía ayudarle siempre que podía, y él la ayudaba a ella. Le