—¡Eres un hombre valiente, Vania! Eso es lo que hay que hacer. ¡Oh, muchachos! No sois cosacos, sino viejas. Lo único para lo que servís es para pescar esturiones y asustar a las mujeres tártaras. ¿No lo veis por vosotros mismos?
Si volvemos atrás, estaremos perdidos; y si nos quedamos aquí, nos destruirán. ¿Cómo vamos a retroceder? Después de un poco de esfuerzo, todo será más fácil.
¡Escuchad, muchachos! Mi padre tenía una yegua fuerte. Bajando una pendiente tiraba y en terreno llano también tiraba. Pero cuando tocaba subir una cuesta, se ponía terca y retrocedía, pensando que así sería más fácil. Pero mi padre cogió un garrote y le arreó con él. Ella forcejeó, tiró y rompió todo el carro. Mi padre la desenganchó del carro y le dio una paliza terrible. Si hubiera tirado del carro, no habría sufrido semejante tormento.
Lo mismo nos pasa a nosotros, muchachos. No nos queda más que una sola salida, y es ir derecho hacia los tártaros.
Los cosacos se rieron y dijeron:
—Timoféich, evidentemente eres más listo que nosotros. No tienes por qué preguntarnos a nosotros los tontos. Llévanos a donde te plazca. Uno no se muere dos veces, y de la muerte no hay escapatoria.
Y Ermák dijo:
—¡Escuchad, muchachos! Esto es lo que haremos. Aún no nos han visto a todos. Dividámonos en tres partes. * Los del centro marcharán directamente contra ellos, * y las otras dos divisiones los rodearán por la derecha y por