para poder expiar todo lo que causa mi sufrimiento, y para abrir quizás los ojos de aquellos —o al menos de algunos de aquellos— que todavía están ciegos ante lo que yo veo con tanta claridad, y así aligerar el peso de esa inmensa mayoría que, bajo las condiciones actuales, se halla sometida a sufrimientos corporales y espirituales por quienes la engañan y se engañan también a sí mismos. En efecto, puede que la posición que ocupo me brinde facilidades especiales para revelar las relaciones artificiales y criminales que existen entre los hombres —para decir toda la verdad con respecto a esa posición sin enredar la cuestión al intentar vindicarme, y sin despertar la envidia de los ricos ni sentimientos de opresión en los corazones de los pobres y oprimidos—. Estoy colocado de tal manera que no solo no tengo deseo alguno de vindicarme; sino que, por el contrario, me veo en la necesidad de hacer un esfuerzo para no exagerar la maldad de los grandes entre los cuales vivo, de cuya sociedad me avergüenzo, cuya actitud hacia sus semejantes detesto con toda mi alma, aunque me resulte imposible separar mi suerte de la de ellos. Pero debo evitar también el error de aquellos demócratas y otros que, al defender a los oprimidos y a los esclavizados, no ven sus faltas y errores, y no tienen lo suficientemente en cuenta las dificultades creadas, los errores heredados del pasado, lo cual disminuye en cierta medida la responsabilidad de las clases altas.
Libre de todo deseo de vindicación personal, libre de temor ante un pueblo emancipado, libre de esa envidia y ese odio que los oprimidos sienten hacia sus opresores, me encuentro en la mejor posición posible para ver la verdad y para decirla. Quizás sea esa la razón por la que la Providencia me colocó en tal posición. Haré todo lo posible por sacarle provecho.