Durante la noche, sentado bajo un arbusto, había tenido muchísimo sueño, pero ahora estaba bien despierto y decidió no acostarse en absoluto, sino ir a recoger fresas con las niñas. Su madre le dio una taza de leche y le cortó un trozo de pan, y él se sentó en el banco alto junto a la mesa para desayunar. Luego, vestido tan solo con un pantalón y una camisa, se apresuró por el camino, dejando las huellas de sus pies descalzos en el polvo, que ya mostraba bastantes pisadas más grandes y más pequeñas, donde se marcaban claramente los deditos. Muy adelante podía ver a las niñas, como motitas rojas y blancas contra el verde oscuro del bosque. Por la tarde habían preparado una jarrita y una taza para echar las fresas; y aquella mañana, tras persignarse una o dos veces ante el icono, habían salido corriendo sin desayunar, y sin llevar siquiera un trozo de pan consigo. Taráska las alcanzó cerca del bosque grande, justo cuando se desviaban del camino.
Los arbustos, y hasta las ramas bajas de los árboles, estaban cubiertos de rocío. Los pequeños pies descalzos de las niñas primero se enfriaron y luego empezaron a entrar en calor, mientras pisaban ora la hierba blanda, ora la tierra áspera. Las fresas crecían principalmente donde se habían talado los árboles. Las niñas fueron primero a la zona donde los árboles se habían cortado el año antes y los brotes jóvenes apenas empezaban a crecer: donde, entre los arbustos jugosos, había manchones de hierba alta, entre los cuales las fresas de color blanco rosado —con alguna que otra roja por ahí— se ocultaban y maduraban. Las pequeñas, casi dobladas por la mitad, cogían las bayas una a una con sus pequeños dedos morenos, metiéndose las peores en la boca y las mejores en las tazas.
—¡Ólga querida, ven acá! ¡Aquí hay muchísimo!