médico, y entonces se produciría un gran cambio a mejor. Él sabía que, hicieran lo que hiciesen, no habría más resultado que unos sufrimientos aún más agonizantes y la muerte. Y esta mentira lo atormentaba; lo atormentaba que se negaran a reconocer lo que todos sabían y él sabía, que persistieran en mentirle sobre su terrible situación, y que además lo obligaran a él a formar parte de esa mentira. Mentir, mentir, esta mentira mantenida sobre él en la víspera de su muerte, y destinada a reducir ese acto terrible y solemne de su muerte al nivel de todas sus visitas, sus cortinas, sus esturiones para la cena…, era una agonía horrible para Iván Ilyitch. Y, por extraño que parezca, muchas veces, mientras ellos cumplían con la habitual representación ante él, había estado a un pelo de gritarles: «¡Basta de mentiras! ¡Ustedes saben, y yo sé, que me estoy muriendo; así que dejen de mentir, al menos!». Pero nunca había tenido el valor de hacerlo. El acto terrible y espantoso de su agonía era reducido, según veía, por todos los que lo rodeaban, al nivel de un incidente casual, desagradable y, hasta cierto punto, indecoroso (más o menos como se comportarían con una persona que entrara en un salón oliendo mal). Quedaba reducido a este nivel por ese mismo decoro del que había sido esclavo toda su vida. Veía que nadie se compadecía de él, porque nadie era capaz tan siquiera de comprender su situación. Gerasim era la única persona que reconocía la situación y se compadecía de él. Y por eso Iván Ilyitch solo se sentía a gusto con Gerasim. Se sentía reconfortado cuando Gerasim le sostenía a veces las piernas durante noches enteras seguidas, y no quería irse a la cama, diciendo: «No se preocupe, Iván Ilyitch, ya dormiré lo suficiente», o cuando, adoptando de repente las familiares formas del habla campesina, añadía: «Si no estuvieras enfermo, mas siendo como es, raro sería que no te atendiera».
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VII
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