El cosaco Daniel Lifánof pertenecía a la Colonia de Strelétsky, en la divisoria de aguas del Volga y el Ural. Tenía treinta y cuatro años y estaba cumpliendo el último mes de su servicio militar.
En su casa tenía un abuelo de noventa años (que recordaba a Pugachov); dos hermanos; una cuñada (la mujer de un hermano mayor que había sido enviado a las minas por ser un Viejoy Creyente); una esposa; y dos hijos. Su padre había muerto en la guerra contra los franceses. Él era la cabeza de familia. En su hacienda tenían dieciséis caballos y dos yuntas de bueyes, y poseían una buena cantidad de tierra sembrada de trigo.
Daniel había servido en Oremburgo y Kazán. Se mantenía estrictamente fiel a la Vieja Fe, no fumaba, no comía ni bebía en ningún recipiente usado por los ortodoxos, y consideraba sagrado su juramento. En todas sus acciones era deliberada y firmemente exacto; y, prestando toda su atención a lo que sus superiores le mandaban hacer, no lo olvidaba ni por un momento hasta haber cumplido con su deber tal como él lo entendía.
Ahora se le había ordenado escoltar a dos mujeres polacas y dos atúdes hasta Sarátov, para que no les ocurriera ningún mal en el camino, y debían viajar tranquilamente y sin cometer ninguna travesura; y en Sarátov debía entregarlas honradamente a las Autoridades.
Y así las había traído a salvo a Sarátov: el perrito, los atúdes y todo. Las mujeres, aunque polacas, eran mujeres inofensivas y agradables, y no hicieron nada malo. Pero aquí, en el arrabal de Pokróvsky, hacia el anochecer, al pasar junto al tarantás, notó que el perrito saltaba al interior, gemía y movía la cola, y le pareció oír la voz de alguien que salía de debajo del asiento del tarantás.