Un oficial llamado Zhilin servía en el ejército en el Cáucaso.
Un día recibió una carta de casa. Era de su madre, que le escribía:
“Me estoy haciendo vieja, y me gustaría ver a mi querido hijo una vez más antes de morir. Ven a despedirte de mí y a enterrarme, y luego, si Dios quiere, vuelve a servir de nuevo con mi bendición. Pero he encontrado una muchacha para ti, que es sensata y buena y tiene algunos bienes. Si puedes amarla, podrías casarte con ella y quedarte en casa”.
Zhílin lo pensó bien. Era muy cierto que la anciana se estaba apagando rápidamente y tal vez no tuviera otra oportunidad de verla con vida. Haría bien en ir y, si la muchacha era simpática, ¿por qué no casarse con ella?
De modo que se fue a ver a su coronel, obtuvo un permiso, se despidió de sus camaradas, invitó a los soldados a cuatro cubos de vodka como convite de despedida y se preparó para marchar.
Era una época de guerra en el Cáucaso. Los caminos no eran seguros ni de día ni de noche. Si alguna vez un ruso se arriesgaba a cabalgar o caminar cierta distancia lejos de su fuerte, los tártaros lo mataban o se lo llevaban a las colinas. Así pues, se había dispuesto que dos veces por semana un destacamento de soldados marchara de una fortaleza a la siguiente para escoltar a los viajeros de un punto a otro.
Era verano. Al amanecer, el convoy de equipajes se preparó al amparo de la fortaleza; los soldados salieron; y todos emprendieron la marcha por el camino.