“¡No me importa, lo mataré! ¡Que me manden a Siberia, no me importa!”
Las mujeres gritaban. Unos funcionarios borrachos irrumpieron en la choza y separaron al padre y al hijo. Al padre le rompieron un brazo y al hijo le arrancaron la barba. En el umbral, una muchacha borracha cortejaba violentamente a un viejo campesino aburguesado.
—¡Son unas bestias! —dijo el joven Zar.
Otro toque de la mano de su guía y el joven zar despertó en un lugar nuevo.
Era el despacho del juez de paz. Un hombre gordo y calvo, de doble barbilla y con una cadena alrededor del cuello, acababa de levantarse de su asiento y leía la sentencia en voz alta, mientras una multitud de campesinos permanecía de pie detrás de la verja.
Había entre la multitud una mujer enharapientada que no se levantó. El guardia la empujó.
“¡Dormida! ¡Te digo que te levantes!”
La mujer se levantó.
“Según el decreto de su Majestad Imperial…” comenzó a leer la sentencia el juez. El caso trataba de aquella misma mujer. Había cogido medio manojo de avena al pasar por la era de un terrateniente. El juez de paz la condenó a dos meses de prisión. El terrateniente a quien le habían robado la avena se encontraba entre el público. Cuando el juez levantó la sesión, el terrateniente se acercó, le dio la mano y el juez se puso a conversar con él.