misteriosa y triste, primorosamente vestida con sedas y encajes, y brillando con diamantes. Entraba en mi habitación con sus desnudas, redondas y blancas brazos y una expresión extrañamente distante en el rostro que yo no comprendía. Me acariciaba, me tomaba en sus adorables brazos, me alzaba hasta su rostro aún más adorable y, echando hacia atrás su hermoso y espeso cabello, me besaba y se ponía a llorar. En una ocasión me dejó caer de sus brazos al desvanecerse y caer al suelo sin sentido.
Por extraño que parezca, no sentía ningún tipo de amor por mi madre. Me es imposible decir si se debía a su actitud hacia mí, a la influencia de mi abuela, o a que mi instinto infantil me permitía ver a través de todas las intrigas cortesanas que giraban a mi alrededor.
Había algo forzado en sus modales conmigo. No le interesaba realmente, sino que parecía exhibirme con algún fin, y yo era consciente de ello. No me equivoqué, como supe más tarde.