Al principio me mortificaba su temor a la franqueza, pero más tarde llegué a pensar que era más bien la ausencia, por su parte, de cualquier necesidad de franqueza. Jamás se me habría ocurrido ahora decirle de repente que lo amaba, ni pedirle que repitiera las oraciones conmigo o que escuchara mientras yo tocaba el piano. Nuestra convivencia pasó a estar regida por un código estricto de buenos modales. Vivíamos nuestras vidas por separado: él tenía sus propias ocupaciones en las que yo no era necesaria, y en las que ya no deseaba participar, mientras que yo continuaba con mi vida ociosa que ya no le molestaba ni le afligía. Los niños eran todavía demasiado pequeños para constituir un vínculo entre nosotros.
Pero llegó la primavera y trajo a Kátya y a Sónya para pasar el verano con nosotros en el campo. Como la casa de Nikólskoe estaba en reparaciones, fuimos a vivir a mi antigua casa de Pokróvskoe. La vieja casa seguía igual: la galería, la mesa plegable y el piano en la soleada sala, y mi antigua alcoba con sus cortinas blancas y los sueños de mi juventud que parecía haber dejado atrás en aquel lugar. En esa habitación había dos camas: una había sido mía, y en ella yacía ahora estirado mi rechoncho y pequeño Kokósha, cuando iba por la noche a hacerle la señal de la cruz; la otra era una cuna, en la que la carita de mi pequeño Ványa asomaba entre sus pañales. A menudo, cuando ya los había santiguado y me quedaba de pie en medio de la silenciosa habitación, de repente surgían de todos los rincones, de las paredes y de las cortinas, viejas visiones olvidadas de la juventud. Viejas voces empezaban a cantar las canciones de mi mocedad. ¿Dónde estaban ahora aquellas visiones? ¿Dónde estaban aquellas entrañables, viejas y dulces canciones? Todo lo que apenas me había atrevido a esperar se había cumplido. Mis vagos y confusos sueños se habían vuelto realidad, y la realidad se había convertido en una vida agobiante, difícil y sin alegría.