Pero posteriormente ese sentimiento se fue adormeciendo cada vez más, y una vez que oficiaba en un estado de ánimo abatido sintió que la influencia que el servicio ejercía sobre él no perduraría. Y de hecho se debilitó hasta que solo quedó el hábito.
En general, en el séptimo año de su vida en el monasterio, Sergio se sintió fatigado. Había aprendido todo lo que había que aprender y había alcanzado todo lo que había que alcanzar; ya no le quedaba nada por hacer y su sopor espiritual aumentó.
Durante este tiempo supo de la muerte de su madre y del matrimonio de su hermana Varvára, pero ambos acontecimientos le resultaron indiferentes. Toda su atención y todo su interés se concentraban en su vida interior.
En el cuarto año de su sacerdocio, durante el cual el Obispo había sido particularmente amable con él, el starets le dijo que no debía rechazarlo si le ofrecían un nombramiento para funciones superiores.
Entonces la ambición monástica, aquello mismo que había encontrado tan repulsivo en otros monjes, surgió en su interior. Fue asignado a un monasterio cerca de la metrópoli. Deseaba negarse, pero el starets le ordenó que aceptara el nombramiento. Así lo hizo, se despidió del starets y se mudó al otro monasterio.
El ingreso en el monasterio metropolitano fue un acontecimiento importante en la vida de Sergio. Allí tropezó con muchas tentaciones, y toda su fuerza de voluntad se concentró en hacerles frente.
En el primer monasterio, las mujeres no habían sido una tentación para él, pero aquí esa tentación surgió con una fuerza terrible y adquirió incluso una forma definida. Había una señora conocida por su comportamiento frívolo que comenzó a buscar su favor. Habló con él y le pidió que la visitara.