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nydus/Short FictionPublic
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IV

mostrar hacia la yegua lucera; pues durante el resto del día no le dieron oportunidad de pacer, ni le dejaron un solo momento de paz, de modo que el tropero los reprende varias veces y no lograba comprender qué estaban haciendo.

El castrado estaba tan maltratado que él mismo se acercó a Nester cuando llegó la hora de que el viejo condujera de regreso a la manada, y mostró mayor felicidad y contento cuando Nester lo ensilló y lo montó.

Dios sabe cuáles serían los pensamientos del viejo jamelgo mientras llevaba sobre su lomo al viejo Nester. ¿Pensaría con amargura en estos jóvenes inoportunos y despiadados? ¿O, con un orgullo desdeñoso y silencioso propio de la vejez, perdonaría a sus perseguidores? Sea como fuere, no manifestó ninguno de sus pensamientos hasta que llegó a casa.

Aqu aquella tarde habían venido unos amigotes a ver a Nester; y al pasar con los caballos por delante de las chozas de los domésticos, vio un caballo y un telega parados en el umbral de su puerta.

Tras meter a los caballos, tenía tanta prisa que no le quitó la silla: dejó al caballo castrado en el patio, le gritó a Vaska que lo desensillara, cerró el portón y se apresuró a reunirse con sus amigos.

Tal vez debido a la afrenta inferida a la yegua lucera, descendiente de Smetanka, por aquella «basura baja» comprada por caballo, que no conocía padre ni madre y hería por tanto el sentimiento aristocrático de toda la comunidad; o tal vez porque el caballo bagual con la silla alta y sin jinete ofrecía un espectáculo extrañamente fantástico para los animales, el caso es que aquella noche ocurrió algo extraordinario en el prado.

Todos los caballos, jóvenes y viejos, mostrando los dientes, iban tras el bagual y lo acosaban de un extremo a otro del corral; el repiquetear de sus cascos resonaba a su alrededor mientras él suspiraba y encogia sus flacos ijares.

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