unos cojines de plumón colocados en una alfombra, mientras ellos se sentaban a su alrededor. Le dieron té y kumis, mandaron matar una oveja y le dieron cordero para comer. Pahóm sacó regalos de su carro y los distribuyó entre los baskires, y repartió el té entre ellos. Los baskires estaban encantados. Hablaron mucho entre ellos y luego le dijeron al intérprete que tradujera.
—Desean decirle —dijo el intérprete— que les agrada usted, y que es costumbre nuestra hacer todo lo posible por complacer a un huésped y corresponder a sus obsequios. Usted nos ha hecho regalos; díganos ahora cuáles de las cosas que poseemos le gustan más, para que podamos ofrecérselas.
—Lo que más me gusta de aquí —respondió Pajóm— es vuestra tierra. La nuestra está muy poblada y la tierra está agotada; pero vosotros tenéis mucha tierra y es buena tierra. Nunca había visto otra igual.
El intérprete tradujo. Los baskires estuvieron hablando entre sí un rato. Pajóm no pudo entender lo que decían, pero vio que estaban muy divertidos, y que gritaban y reían. Luego guardaron silencio y miraron a Pajóm mientras el intérprete decía:
«Desean que os diga que, a cambio de vuestros obsequios, os darán con mucho gusto toda la tierra que queráis. Solo tenéis que señalarla con la mano y será vuestra».
Los baskires volvieron a hablar un rato y empezaron a discutir. Pajóm preguntó de qué estaban discutiendo, y el intérprete le dijo que algunos de ellos pensaban que debían preguntarle a su jefe acerca de la tierra y no actuar en su ausencia, mientras que otros pensaban que no había necesidad de esperar su regreso.