—Es bien evidente que nunca has salido de tu propia isla. Si no cojearas, y si hubieras salido como yo en un barco de pesca, sabría que el sol no se pone entre las montañas de nuestra isla, sino que así como se levanta del océano todas las mañanas, vuelve a ponerse en el mar todas las noches. Lo que te estoy diciendo es verdad, pues lo veo todos los días con mis propios ojos.
Entonces un indio que era de nuestra compañía, le interrumpió diciendo:
“Me asombra que un hombre razonable hable semejantes necedades. ¿Cómo es posible que una bola de fuego descienda al agua y no se apague?
El sol no es en absoluto una bola de fuego, es la Deidad llamada Deva, que cabalga eternamente en un carro alrededor de la montaña dorada, Meru. A veces las serpientes malvadas Ragu y Ketu atacan a Deva y se lo tragan: y entonces la tierra se oscurece. Pero nuestros sacerdotes rezan para que la Deidad sea liberada, y entonces queda en libertad.
Solo hombres ignorantes como tú, que nunca han estado más allá de su propia isla, pueden imaginar que el sol brilla solo para su país”.
Entonces el patrón de una embarcación egipcia, que estaba presente, habló a su vez.
—No —dijo—, tú también estás equivocado. El sol no es una divinidad, y no se mueve únicamente alrededor de la India y su montaña dorada. He navegado mucho por el mar Negro, y a lo largo de las costas de Arabia, y he estado en Madagascar y en las Filipinas. El sol ilumina toda la tierra, y no solo la India. No gira en torno a una sola montaña, sino que sale muy lejos, en el Oriente, más allá de las islas de Japón, y se pone muy, muy lejos, en el Occidente, más allá de las islas de Inglaterra.