Me sentía completamente abrumado por esta sensación. Intentaba luchar contra ella, convenciéndome ahora de que aquello era justo, una penosa necesidad de la que no se podía prescindir; sintiendo luego que yo debiera estar en el lugar del infeliz. Curiosamente, no sentía la menor compasión por aquel hombre. En lugar de hacer algo para detener el procedimiento, me apresuré a volver a casa únicamente para evitar que me reconocieran. Pronto cesó el redoble del tambor y aquella sensación inquietante se desvaneció de algún modo. Tomé un poco de té al llegar a casa y recibí a Volkonsky con su informe. Luego vino el desayuno, las habituales y agobiantes relaciones insinceras con mi mujer; después Dibich, y otro informe relacionado con cierta información sobre una sociedad secreta. Con la gracia de Dios me ocuparé de esto con más detalle en su debido momento. Me limitaré a decir ahora que recibí la información con aparente compostura. Continué en un estado más o menos tranquilo hasta que terminó la comida, momento en el que me fui a mi estudio, me tumbé en el sofá y me quedé dormido. Apenas llevaba cinco minutos dormido cuando me despertó de repente una sacudida violenta. Oí claramente el repique del tambor, el sonido de los pitos y los gritos de Strumensky. Vi su rostro atormentado, o el mío —no estaba muy seguro de cuál; si era el de Strumensky o el mío— y los rostros sombríos y contorsionados de los soldados y oficiales. Permanecí en ese trance durante poco tiempo, y al volver en mí me puse el gorro y el sable, y salí diciendo que iba a dar un paseo. Sabía dónde estaba situado el hospital militar y dirigí mis pasos directamente hacia allí. Mi aparición causó un gran revuelo, como de costumbre. El médico jefe y el jefe de Estado Mayor acudieron corriendo sin aliento. Les dije que deseaba inspeccionar las salas. En mi ronda avisté la cabeza calva de Strumensky en la segunda sala. Estaba yacente boca abajo, con la cabeza apoyada en el brazo, gemitando
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I
2005