—No necesito ninguna medalla —dijo ella—, sino comida sana, para que mis hijos y yo no tengamos problemas estomacales por su culpa.
—Aparentemente, buena mujer, usted nunca ha visto harina ni mantequilla auténticas —dijo el comerciante, mostrándole la harina blanca y de aspecto puro en recipientes barnizados, la mísera imitación de mantequilla dispuesta en platos pulcros y el líquido blanco en tarros relucientes y transparentes.
—Por supuesto que los conozco —respondió el ama de llaves—, porque toda la vida he tenido que ver con ellos, y he cocinado con ellos y me los he comido, yo y mis hijos. Sus productos están adulterados. Aquí está la prueba —dijo, mostrando el pan descompuesto, la margarina en los pasteles y los sedimentos en la leche—. Debería arrojar toda esta porquería suya al río o quemarla, y conseguir en su lugar productos sin adulterar.
Y la mujer, de pie frente a las tiendas, no cesaba de pregonar su único mensaje a los compradores que pasaban, y los compradores comenzaron a inquietarse.
Entonces, advirtiendo que aquella audaz ama de llaves probablemente iba a dañar sus mercancías, los mercaderes dijeron a los compradores:—
—Miren ustedes, caballeros, ¡qué lunática es esta mujer! Quiere que la gente perezca de hambre. Insiste en que quememos y destruyamos todas nuestras provisiones. ¿Qué tendrían ustedes para comer si le hiciéramos caso y nos negáramos a venderles nuestras mercancías? No la escuchen, es una campesina grosera, no entiende de provisiones y no es más que la envidia lo que la impulsa a atacarnos. Es pobre y quiere que todos los demás sean tan pobres como ella.
Así hablaron los comerciantes a la multitud reunida, ocultando deliberadamente el hecho de que la mujer quería, no que todas las