Eso pensaban Mezhenétsky y los compañeros de presidio del anciano al mirarlo; sin embargo, el anciano sabía muy bien lo que decía, y para él tenía un sentido claro y profundo.
Quería decir que el mal no reinaría por mucho tiempo más, sino que el Cordero lo estaba venciendo todo con la justicia y la mansedumbre, y que el Cordero enjugaría toda lágrima, y ya no habría verdugos, ni enfermedad, ni muerte.
Y sentía que esto ya estaba sucediendo—sucediendo en todo el mundo, que estaba sucediendo en su alma, iluminada por la cercanía de la muerte.
—Ay, ven pronto. … ¡Amén! ¡Sí, ven, Señor Jesús! —dijo con una sonrisa débil, significativa y, según pensaba Mezhenétsky, demente.